Aprendiendo a ser yo: la historia de Ana

15alovestoryji6Hoy quiero compartir con ustedes una historia que llamó profundamente a mi atención. Les contaré de la vida de Ana*, una mujer que a sus 56 años ha podido, finalmente, asumir su identidad sexual y comenzar a vivir una vida plena.

Era 1953 cuando la familia dio la bienvenida al mundo a Ana, una bellísima bebé que parecía tener el secreto felicidad entre sus ojos grises. Criada en el seno de una tradicional familia uruguaya, Ana vivió su infancia y su juventud rodeada de todas las lecciones de urbanidad y sociedad propias de una niña de “buena familia”: durante años le inculcaron que su destino era el de ser una buena esposa, madre, y ciudadana de su comunidad.

Sin siquiera dar un momento para la duda, Ana enamoraba a los hombres a su paso, hasta que en su juventud conoció a Héctor, un prominente empresario de su ciudad. Su matrimonio fue casi como salido de un cuento: una boda perfecta, una casa de ensueño, viajes y diversión. Sin embargo, había algo que hacía que Ana no pudiese conciliar el sueño por las noches. Había una insatisfacción en su vida, que pensó que se desvanecería con la llegada de sus hijos. Pero los años pasaban, y Ana no encontraba sosiego, preocupada día a día por impedir que su familia y sus amigos notaran sus penas.

El lesbianismo no era una opción. Ni siquiera podría darse el lujo de contemplarlo como posibilidad. Es que ella sabía que no era lesbiana, “eso es cosa de otras personas – se decía- eso no ocurriría en mi familia”. No había, siquiera, conocido a una persona homosexual o bisexual en toda su vida, no al menos sabiéndolo. Nunca tuvo reproches ni rechazo alguno por la comunidad homosexual, tan sólo no era algo que ella conociera como parte de esa burbuja que su entorno había dibujado para ella.

Cuando los hijos crecieron y formaron sus propias familias, la relación entre Ana y Héctor comenzó a desvanecerse. El apetito sexual de Ana disminuía cada día, así también como su interés. Siempre respetó a su esposo con todas las de la ley, y conociendo su crianza nunca pensó que Héctor sería capaz de cometer adulterio. Pero, como ya te lo estás imaginando: Héctor sí que fue capaz de hacerlo, y el mundo de Ana se desplomó.

De pronto todo lo que supo como cierto se tornó en una ilusión: ya no era una madre atareada, ni una esposa, ni siquiera era feliz. Comenzó a frecuentar nuevos lugares, a conocer gente diferente, a organizar reuniones entre sus amigas, clubes de lectura: todo lo que le ayudara a seguir con su vida sin recordar a cada instante aquél matrimonio fallido.

Así fue que conoció a Belén, una lesbiana activista. Este despertar de Ana hacia la comunidad homosexual fue una verdadera revelación: tuvo una instantánea atracción hacia este nuevo mundo de mujeres seguras, orgullosas y honestas en todos los sentidos. Pero algo más nació en el corazón de Ana. Lo que en su vida siempre creyó ser una “atracción por amistad o por semejanzas” (como ella lo describe) creció y se profundizó. Y un buen día despertó con una inquietud que nunca le resultó abrumadora o perturbadora. ¿Qué es esto que siento hacia estas mujeres?

Pues esa atracción no era nada menos que su sexualidad. Reprimida durante años, acallada por las convenciones sociales de un marido, silenciada por los métodos tradicionales de su crianza, pero presente: Ana notó, por primera vez en su vida, que se sentía sexualmente atraída hacia otras mujeres.

Hoy Ana es una mujer feliz. “Por primera vez puedo sentirme satisfecha en mi propia piel”, dice con una gran sonrisa en el rostro iluminado. Dos años después de haber salido del armario, conoció a su actual pareja, una vieja amiga de Belén, quien enseñó a Ana que la felicidad a veces no nos está siendo negada. Tan sólo se oculta detrás de lo que hemos tenido frente a nuestros ojos.

*“Ana” es un nombre ficticio, para proteger su identidad.

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2009 (c) Alfredo Carrión Vermiglio

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