Me siento solo en medio de un mar de gente

Euge ha sido mi compañera, amiga y asistente fiel y dedicada durante mucho tiempo. Me ha ayudado con muchos de los textos de este blog y ha sido capaz de liberar muchísimo de mi tiempo para poder dedicárselo a las personas a las que quiero y a las actividades que me gustan.

No tengo palabras para agradecer lo mucho que me ha ayudado en estos años.

Hace poco me envió un texto que refleja con mucha profundidad algo que muchos hemos sentido en algún momento de nuestras vidas: soledad.

He aquí su escrito. Espero que lo disfruten:

“Tengo amigos, tengo compañeros de trabajo, tengo mucha gente a mi alrededor, no me quedo sin plan en un fin de semana… pero me siento solo, y no se bien cómo explicarlo”. Esta frase, esta sencilla expresión, se me clavó como un puñal. En una charla de domingo por la tarde, al borde de la pileta, los ojos de Chacha (como le habíamos apodado en los años de universitarios) se llenaron de lágrimas, y también los míos. No había abrazo suficiente para aliviar su soledad. No sabía qué podría hacer, más que darle mi compañía.

“No se cómo expresarlo. Tengo tu amistad, tengo otras amistades, y no me faltan las parejas, pero de pronto me invade la sensación de soledad. Me siento como flotando en medio de un mar de gente, y me siento solo”, me dijo nuevamente, y lamentablemente comprendí exactamente a lo que se refería. Yo también siento la soledad en ocasiones, e inmediatamente pensé si no se trataría de un mal social.

Siempre en la búsqueda de una explicación de las cosas, siempre intentando hallar el gran causante (quizás incluso el culpable) de las situaciones, entendí que todos estamos a merced de este monstruo maléfico que nos quiere hundir, y que está en nosotros luchar contra él. La falta de aceptación, la lucha eterna por encajar, y la falta de sensación de pertenencia nos persiguen con sus garras, y sabemos que tenemos que ser más veloces, más ágiles, más astutos para evadirlos. Nos apoyamos unos en otros, buscando semejanzas y diferencias, para no sentirnos, justamente, tan solos en nuestra vida.

Chacha me abrazó. Largamos al aire una risa nerviosa, como siendo cómplices de nuestra mutua soledad ocasional, y terminamos mirándonos a los ojos, en completo silencio. De pronto ya no estábamos solos. Tomé su mano, y le dije en el lenguaje del silencio que siempre estábamos ahí. Que aún cuando la soledad lo invadiera, yo iba a estar allí para sujetar su mano, para mitigar su soledad, o para compartir la calma y el silencio propios de la aceptación. “Yo no puedo darte la respuesta, sólo puedo acompañarte y darte mi corazón”.

El tiempo siguió pasando, y las sensaciones ya están en calma. Somos dos personas felices, con risas a nuestro alrededor, con activas vidas sociales, creo que nadie se imaginaría en nosotros que compartimos ese secreto, tan privado como universal. Por fortuna supimos entender que la soledad no es un pozo profundo, y que podemos mitigarla con un abrazo. No somos pareja, nunca lo seremos, ni somos “mejores amigos”. Pero supimos encontrar el uno en el otro eso que necesitábamos. Y de pronto la soledad no nos resulta tan desgarradora, cada día nos es menos frecuente. Qué sorpresa, la vida, que pone en nuestro camino algunos árboles que nos protegen del sol, en el momento menos esperado… y en el más necesario.

¿Quieres compartir algo con los lectores del blog?

Me encanta la correspondencia que recibo por parte de los lectores. Leo todos y cada uno de sus mensajes, e intento responderlos, aunque a veces no pueda responder a todos.

Como modo de reconocimiento, me encantaría ofrecerles mi blog como un espacio para expresar sus emociones, reflexiones y experiencias para que otros lectores puedan aprender de ellas.

Si quieres que publiquemos algo tuyo, no dudes en enviarme tu texto (o fotografía o vídeo) desde la sección de Contacto.

(c) Fotografía El Abrazo, propiedad de Javier Vallas: www.javiervallas.es

{ 0 comentarios… agrega uno ahora }

¿Tú qué opinas?

Previous post:

Next post: