Bueno no es siempre lo que tienes delante de las narices

Cuando los malos escritores hablamos del amor, solemos utilizar varios clichés porque no somos capaces de añadir más emoción a una historia que suele acabar de dos maneras: los amantes viven felices para siempre o los amantes se separan.

En ocasiones también es porque realmente no queremos revivir una historia que ha terminado, especialmente cuando esa historia terminó con una separación.

Uno de esos clichés es: “el amor es como una montaña rusa”. Te hace subir y te hace bajar, te da vueltas y más vueltas, todo de forma tan vertiginosa que en ocasiones temes que escurrirte del asiento y te aferras a quien esté a tu lado.

Aproveché las vacaciones de este año para viajar a Perú. Volver a ver a viejos amigos, a familiares y encontrarme con nuevos conocidos… todo fue parte de un viaje que posiblemente podré recordar siempre, pero del que no escribiré mucho.

No porque no me gustara. Soy una persona complicada… es posible que no desee recordar en voz alta a una de esas personas que te hacen sentir acompañado mientras tu vagón da vueltas en la montaña rusa.

Han pasado ya algunos meses y cada vez que intento resumir estas vacaciones repito:

“Llegué a Perú, fue intenso… Un mes entero para divertirme y gastar mucho dinero! Me quedé en nuestro apartamento de Miraflores (un piso maravilloso, grande y muy bien ubicado que espero utilizar para vacaciones futuras), volví a ver a mis amigos del colegio. Pasé una semana en Huánuco; vi a mis abuelos, a mi padre y a mis hermanas. No me gustó Huánuco, ha crecido mucho y hay demasiada gente. Volví a Lima. Salí con muchos chicos. Me acosté con chicos muy guapos. Hubo uno en especial…”

Me gustan los chicos jóvenes. Es fácil estar con ellos.

No es que yo sea un viejo, he cumplido 28 años la semana pasada. Pero me gustan los chicos más jóvenes que yo.

Sabino.

Se llamaba así. Era de Iquitos, pero su familia vivía ahora en Lima.

Sabino es un chico maravilloso. Tiene mi estatura, los ojos negros y grandes, labios perfectos para ser besados, la piel del color del cobre recién pulido y la voz que deseas oír cada mañana de domingo junto a tu almohada. Es inteligente, amable, muy dulce y trabajador. Me encanta que sea tan trabajador. De hecho, creo que esa es una de las cualidades que más me atrajeron de él.

Conocí a Sabino un par de días antes de volver a Tenerife. Debido a mi despiste a la hora de entender los números de teléfono en Lima (yo tenía un teléfono móvil con un número de Huánuco) no quedamos como deberíamos quedar y, bueno… Afortunadamente, Sabino me dio una nueva oportunidad.

Cuando se lo pregunté, me contestó que lo había hecho porque se preguntaba: “Qué querrá este estúpido [sic]”.

Y nos conocimos.

Nos encontramos frente a la Catedral del Parque Kennedy. Me dicen que es una iglesia, pero yo la llamo Catedral porque es más dramático.

Nos saludamos; él está con pantalones vaqueros y un suéter. Quizá llevara otro color, pero juraría que era un suéter rojo. Siempre le recuerdo con el suéter rojo que llevaba la última vez que nos vimos. Aún llevo su olor en la chaqueta que me puse aquel día. Está en mi armario. A veces abro las puertas del armario sólo para oler era chaqueta y, aunque ha pasado ya algún tiempo, aún puedo discernir un olor que no es el mío, sino el de Sabino.

La noche en la que nos conocimos hacía frío, era invierno en Lima. Cogimos un taxi para ir a beber una copas a Larcomar. Hay un lugar con una terraza enorme sobre el acantilado desde el que puedes ver el océano. Nada más entrar en el taxi, Sabino me dice: “que sepas que yo no me acuesto con cualquiera”.

En ese mismo momento me enamoré de él.

En Larcomar pedimos unos cocteles y hablamos muchísimo. Yo le tiraba los tejos de vez en cuando y él se hacía el difícil. Me había dicho que no estaba acostumbrado a beber alcohol, así que le pedí una segunda copa.

Cuando se levantó para irnos del local se dio cuenta de lo mucho que había bebido y me dijo que tendría que apoyarse en mí para subir las escaleras.

Para entonces ya había logrado que confesara que le gustaba, y mucho, así que ese apoyarse en mí por las escaleras era la excusa perfecta para caminar abrazados. Subimos el último tramo de escaleras hacia el parque que hay sobre Larcomar y seguimos paseando. Era muy tarde y hacía una humedad fría en el aire que te helaba las manos.

Sabino y yo paseamos durante largo rato abrazados, besándonos.

Decíamos que era como si nos conociéramos desde toda la vida. Él me decía que se sentía bien conmigo y yo que no nos habíamos conocido esa noche, sino que nos habíamos vuelto a encontrar.

En cierta manera, Sabino y yo nos encontramos esa noche, después de quién sabe cuántos años buscando el tibio latido de la sangre amada. El cómodo calor del vientre materno, experimentado otra vez al abrazarle en aquel parque, rodeados de neblina.

Nos quedamos hasta la madrugada en las escaleras de mi apartamento. Dentro, todos dormían. Él se recostó sobre mí y hablamos. Nos besamos. A veces cerraba los ojos y descansaba. Era muy tarde y él se había levantado temprano para ir al trabajo, aunque no me lo dijo. Supongo que quería quedarse conmigo. Yo sí quería quedarme con él. Me hubiera quedado con él toda la noche, todos los días hasta el último de mis vacaciones en Perú.

Después de aquello nos volvimos a encontrar dos veces más. Fue genial. El tiempo que pasé con Sabino fue perfecto.

Continuará (es que son las 2:25 am y tengo que irme a dormir!)

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